Historia de una novela

A continuación, el primer capítulo de la novela 'El principio del desierto'. Quien quiera leerla completa no tiene más que escribirme a lafalleracosmica@yahoo.es y se la enviaré con mucho gusto. En este blog también encontraréis experiencias relacionadas con la odisea de publicar este trabajo. En ello me hallo.

La editorial Eutelequia publicará en octubre ‘La clave está en Turgueniev’, mi primera novela

 

A lo mejor es verdad que, si uno tiene paciencia, todo llega.

Ayer, en muy buena compañía, con dos mujeres excepcionales, un café con leche, una Coca-cola, una novela de Highsmith y otra de Periférica pululando como mariposas a nuestro alrededor, firmé con la editorial Eutelequia un contrato de edición para que la novela salga en octubre, una fecha que en mi mente queda muy lejos y muy cerca a la vez.

Estábamos en Tipos Infames, Inma, Clea y yo; y, mientras esto ocurría, en el sótano de la librería se presentaba ‘La piel del plátano’; algo que interpreté como una señal, porque desde pequeñita he mantenido una relación muy especial de aversión hacia los plátanos. Puedo identificar su olor a kilómetros de distancia y desarrollo instintos asesinos hacia aquellos que, conociendo mi debilidad, se zampan sin miramientos los plátanos cerca de mí.

Paradójicamente, concluí que la señal era positiva: buena suerte. Igual que me dio buenas vibraciones la presencia casual de Inma y lo que nos reímos charlando sobre la remolacha y sus siniestras connotaciones, sin prestar atención a la noche que caía sobre la calle San Joaquín.

Por supuesto, aquí os iré contando el proceso y todo lo que me vaya encontrando en el camino hasta terminar con el libro entre las manos; una historia que finalmente va a llamarse ‘La clave está en Turgueniev’, pero que para mí siempre me devolverá a los dos últimos años, hace muchísimo tiempo bautizados como ‘El principio del desierto’.


Mañana, La fallera cósmica en Improvisábado

Mañana sábado 14, a partir de las 20:30 horas, estaré leyendo en Los Diablos Azules (Calle Apodaca, 6, metro Tribunal), junto a un grupo de buenos poetas que se han prestado a participar en el espectáculo de Alexis Díaz-Pimienta . Espero estar a la altura y, sobre todo, espero veros por allí.

 


Lo que dice de la novela el poeta Iñaki Echarte

En su artículo Tres autores en busca de editor, el poeta Iñaki Echarte escribe lo siguiente sobre El Principio del desierto: He tenido la oportunidad de leer la novela durante un viaje en El expreso de la Robla (no pudo haber mejor lugar). Es una novela al mas puro estilo de la novela negra con influencias de Patricia Highsmith, una novela misteriosa, llena de claves que se van desvelando página a página. Es una novela que roza la perfección tanto estilísticamente como estructuralmente. Y además es una novela delicada con la que se puede disfrutar página a página. No sé que le pasa a los editores que ya han leído la novela que no se deciden a publicarla. Es posible que después se arrepientan.

Aparte del destacado, el post aborda la obra de otros dos autores que se encuentran en la misma situación que yo y que merecen todas las oportunidades del mundo: El propio Echarte, que acaba de terminar su poemario Optimístico; y el catalán Raúl Portero, que en estos momentos mueve por las mesas de las editoriales su libro de relatos Animales Heridos.

Por si la lectura completa del texto de Iñaki, a la que podéis acceder clicando en el primer enlace de este texto, os ha despertado la curiosidad, aquí os dejo algunos de nuestros títulos ya publicados, que podéis encontrar en vuestra librería de referencia o comprar por la web.

ECHARTE VIDARTE, IÑAKI. Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco. Ed. Vitruvio.

PORTERO, RAÚL. La piel gruesa. Egalés.

SANMARTIN PLA, MARINA. La vida después. Baile del sol.


Capítulo I. Crímenes imaginarios

Imagino el helicóptero sobrevolando la vía muerta; el ruido de las aspas en el descenso; la visión del cadáver entre los raíles. Ya no será él. No hallarán más que un cuerpo maquillado de polvo, rígido, con los miembros retorcidos en el gesto imposible que impuso la caída. No les contará nada. El paisaje habrá perdido todo significado y sólo yo conservaré las claves de esta historia. Porque soy la única superviviente.
Diario de Eli. Lunes 24 de agosto de 2009

 

Esta vez es verano y Eli vuelve a estar en las yemas de sus dedos. Va en el tren de cercanías, camino del trabajo. No son más de las ocho y lleva puestas las gafas de sol para protegerse de la luz que entra a raudales, amarilla, casi blanca, por las ventanillas del vagón. Sorprendida al reconocer la sensación, nota como el vello rubio de sus brazos se eriza y sonríe sintiéndose un poco felina. Por un momento, quizás la milésima parte de un segundo, toca la verdad. “Ahora podría desaparecer para siempre”, susurra para sí misma.

Busca su iPhone en el bolso y, mientras visualiza de nuevo el vídeo de Miguel, recupera el recuerdo de su historia con R, de cómo un día decidió no despertarse en Sarajevo nunca más. Acaba de cumplir los treinta, han pasado algunos años desde que una mañana dejó a R profundamente dormido y abandonó su casa para no volverlo a ver. Con esa elección, con ese olvido, Eli cambia su vida y empieza a respetar las reglas de un mundo que le gusta manipular.

Termina la carrera, consigue una beca en la sección de cultura de un periódico nacional y de ahí salta a la redacción de una de las revistas sobre literatura más importantes del país. Y todo le resulta muy fácil, porque se le da bien el juego y, a pesar de algunos amigos que de forma incomprensible han ido consolidándose en el camino, no se compromete con nadie.

Gana más dinero, así que se traslada con la gata Maga a un ático en el centro de la ciudad. No es demasiado grande, pero es diáfano, luminoso y a la Maga le provoca cierta inquietud, tarda en acostumbrarse. Eli lo nota mientras la observa merodear por las habitaciones dibujando breves itinerarios de reconocimiento.

Suele llegar a casa sobre las nueve y, respetando un ritual tácito, ella y la Maga salen a la terraza para contemplar en silencio el mar sin límite de tejados y azoteas que seextiende a su alrededor, picado por los altos edificios de oficinas y las cúpulas de las iglesias. El cielo parece pintado con ceras. Abre una cerveza y asiste al espectáculo de ver cómo se va esfumando el día. El instante favorito de Eli es cuando todo se vuelve borroso y confuso con la última luz, justo cuando el calor empieza a languidecer y se derrama como agua por las calles estrechas. Igual que en una maqueta, distingue también a un sinfín de figuras diminutas recorriendo el laberinto y, si se esfuerza, identifica el rumor de sus conversaciones, que flotan en el aire traducidas a un lenguaje desconocido, imposible de descifrar.

Y cuando empieza esta historia es feliz.

Pero dejémoslo, volvamos a hoy, año y medio después de que Eli alquile el ático. Ya es por la tarde y, con la redacción de dos críticas demoledoras y una segunda lectura del borrador para un artículo sobre novela negra que prepara con entusiasmo, Eli ha dado por concluida la jornada, ha vuelto a su apartamento y se está preparando para acudir a la inauguración de una muestra fotográfica:

Gerhard Richter

Fotografías pintadas

Palacio de la Alegría. Martes 25 de agosto de 2009. 22.00 horas

Eso pone en la invitación que utiliza como punto de lectura para Crímenes imaginarios, la novela de Patricia Highsmith que descansa en su mesilla de noche. Tanto una como la otra, se las ha enviado su amiga Lucía desde Kathmandú, anunciándole que regresa temporalmente a Madrid al terminar su colaboración en Nepal con Reporteros Sin Fronteras, la ONG para la que trabaja y que ha organizado la exposición en la sede madrileña de sus operaciones humanitarias.

A Eli le apetece el reencuentro. Se mira al espejo: le gusta la combinación de los vaqueros con los zapatos de tacón azul; se pinta los labios de rojo sin dejar de tararear Mi funny Valentine. Estudia su rostro, perfila con certeza milimétrica la raya negra, destinada a convertir sus ojos fríos y claros en promesas de energía cósmica al final de un abismo. El resultado le satisface, su expresión parece inalterable, algo pálida, marmórea. Divertida, hace muecas adolescentes a su reflejo. Piensa que perfectamente podría estar dentro de una película europea con subtítulos. Sin duda, sería la protagonista. Y esconde un secreto: No lo notarán… –la idea atraviesa su mente como una anguila. –el ligero temblor en las comisuras de los labios, el brillo exagerado de las pupilas, la ausencia de atención en el corrillo de turno, que se convertirá en una batalla sin cuartel por conquistar la risa ajena y arramblar con las últimas copas del catering… nadie notará nada.

Hay algo mecánico en su determinación. La Maga permanece apoyada en el hueco que deja la puerta entreabierta del baño y, fascinada, vigila a Eli con mirada infantil, pero Eli no se da cuenta, porque se está preguntando hasta qué punto puede compartir su historia. ¿Quién la comprenderá? La cantidad de literatura que consume a diario le ha enseñado que, a menudo, las palabras que pronunciamos no suenan como creemos. Es posible que haya tantos idiomas como hombres, tantas gramáticas como centímetros de piel…   La comunicación es imposible.

El sonido del móvil la interrumpe, seguro que es Lucía. La Maga emite un débil maullido y sale de escena. Eli, que perdida en su reflexión se había sentado en el borde de la bañera, reacciona y busca el teléfono. Está sobre la cama, en medio de la colcha roja. La llamada se convierte en el grito de un náufrago. La casa en penumbra condensa el silencio; desde fuera, se cuela el canto desarraigado de los últimos pájaros y, sin preocuparse por el maquillaje reciente o el pelo que acaba de cepillar, Eli se deja caer en el colchón.

-         Ya estoy preparada.

Al otro lado de la línea, Lucía le pregunta si sabrá encontrar la dirección y ella ríe ante la inquietud de su amiga.

-         No te preocupes, iré andando. Está aquí al lado. Antes de marcharte tienes que venir a cenar a casa. Vivo en pleno centro, te va a encantar.

En cuanto formula la invitación, como siempre que mantiene conversaciones de este tipo con Lucía, se siente culpable, superficial. Mientras ella escribe sobre Dan Brown y Ruiz Zafón, Lucía, comprometida con todas las causas, salta con zancos de un punto a otro del globo terráqueo.

-         ¿Vienes con Miguel?

-         No, al final no ha podido cambiar la cena con sus hermanos. –Ya ha empezado a mentir.

-         Mejor, así estaremos tranquilas y podrás contármelo todo con pelos y señales. Después del coñazo de acto oficial que estás dispuesta a tragarte por mí, voy a llevarte a un lugar secreto, que te va a encantar… hoy tenemos que ver amanecer, nena, como en nuestros días de vino y rosas, que tampoco hace tanto.

Tampoco hace tanto…

****

Eli está delante de una fotografía pequeña, no medirá más de 10X15, y sostiene indolente con su mano derecha una copa de champán. La foto está incluida en la serie que Richter ha bautizado Familia. Lo que se muestra es el jardín delantero de un adosado en un día más bien gris. En la entrada, hay un hombre y una mujer. La mujer sostiene a un niño en brazos y va vestida con cierto descuido. Parecen felices. Lo que hace Richter es esconder al hombre detrás de una mancha de escamas de colores; densas pinceladas que se solapan entre sí y contrastan con la textura satinada del papel fotográfico.

-         Hay que imaginarse lo que no se ve.

La voz suave de Lucía a su espalda se impone sobre el barullo intelectual que flota en la galería. Ninguna de las dos aparta la vista de la imagen. Lucía se acerca a Eli para apoyar la barbilla en su hombro, pero prolongan el silencio. Del techo cuelgan dos lámparas con lágrimas de cristal que jaspean de luz las paredes blancas. Suena Gotan project.

-         ¿Tú crees? -Dice Eli por fin.  -A mí me parece que es exactamente lo contrario.

Lucía ríe y Eli se siente bien. Se han encontrado media hora antes en la entrada de la exposición. Eli, como siempre, ha llegado primero. Tiene el defecto de ser excesivamente puntual y no le gusta la gente que acostumbra a retrasarse, aunque Lucía es una excepción.

Cuando aparece quince minutos después de lo previsto, no le reprocha nada. Se abrazan en la calle; son efusivas, juntas conjuran cierta alegría que, en solitario, han ido perdiendo con los años y que en la universidad, donde se conocieron, todavía estaba intacta, se mantenía indomable y era infiel. Intercambian piropos. Discretas, buscan una en la otra algún signo que se adelante a las historias que van a contarse para revelarles información sobre sus respectivos estados de ánimo. Lucía está guapa; sus ojos, dos semillas verdes, todavía mantienen la consistencia del vidrio; a Eli continúan pareciéndole canicas. Lleva un vestido de tonos vivos que llama la atención, estampado con el rostro pop de Marilyn Monroe; y se ha recogido el pelo negro en un moño cuyo mayor atractivo es que parece deshecho.

Ya dentro, Eli aún siente en la sien el viento rebelde que soplaba mientras esperaba a Lucía. El calor es el mismo de los otros días del verano, pero el cielo se ha vuelto de cobre y ese viento desagradable, encerrado, mueve los árboles produciendo al chocar contra ellos el chirrido de las cuerdas mal tocadas de un violín.  Divertida, concluye que ese es el clima necesario para cometer un crimen. Y piensa en Miguel.

-         Es al revés. –Insiste. -Lo que no se ve es lo que nos enseña el fotógrafo. Esa mancha horrorosa puede representar mil cosas terribles que se esconden detrás de la aparente felicidad de la familia. Richter araña la realidad con la uña hasta hacerle sangre. Sin piedad. -Escuchándola, Lucía vuelve a reír. Están muy cerca y Eli le habla en un susurro, como si le confiara un secreto.- Míranos a nosotras aquí, tan modositas, comentando la foto… seguro que a pocos metros de distancia, ahí detrás, hay dos o tres tíos pensando en cómo entrarnos… sobre todo a ti; pero, si nos fotografiaran y nos enmarcaran en la pared, probablemente transmitiríamos al espectador una sensación de paz y tranquilidad, aisladas del entorno, solas en un museo civilizado, monísimas… cuando la verdad es que no somos más que un par de presas en medio de la selva… la realidad es, incluso, que te estoy hablando al oído y esto podría ser un ritual de cortejo lésbico en toda regla. -Esta vez la carcajada de Lucía capta el interés de algunas miradas.-  Y que sólo ahora he conseguido que empecemos a sangrar.

-         Me das miedo cuando te pones así.

La expresión de Eli se relaja. Lucía le transmite una ternura que la apacigua.

-         No me hagas mucho caso… de tanto leer basura, ya no digo más que tonterías.

-         Háblame de Miguel.

-         Voy a contártelo todo, pero no aquí, la historia de Miguel se merece un escenario mejor.

-         Entonces llévame a cenar algo decente, todavía es pronto para ir a mi lugar secreto.

-         Eso está hecho.

 

Lucía va a recoger los bolsos y, en el breve recorrido hasta el guardarropa, Eli confirma su sospecha al comprobar desde la distancia como dos treintañeros se acercan a su amiga para hacerle un cumplido e intentar conseguir su teléfono. Lucía, resuelta, los despacha con educación, no vacila ni un momento, ignorante de que, en el transcurso de la escena, una extraña melancolía, un escalofrío que congela el espacio, se apodera de Eli y la devuelve a una de sus recientes mañanas en el tren, con Miguel durmiendo frente a ella. Mantiene la cabeza apoyada en la ventanilla y permanece ajeno a los sonidos propios de la primera hora; los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas extendidas, en un acto de confianza, entre sus piernas. Al revivir esa ausencia absoluta, Eli lo siente en sus manos, rendido, completamente confiado; y desea ser capaz de dejarse caer así en las manos de otro alguna vez.

Está en la galería, de pie, esperando a Lucía para marcharse, y al mismo tiempo recuerda el sol de todos los trayectos, que repta impune entre los dos, testigo efímero de sus conversaciones…

Y siente pánico al pensar que nada de eso se volverá a repetir.

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